Hay momentos en la vida (pocos) en los que, por alguna extraña razón, tienes la sensación de estar viviendo algo excepcional, no sé si es por alguna sensibilidad especial, una locura transitoria, o qué. De pronto reparas en algo que para el resto de la gente pasa desapercibido, tú te das cuenta, pero el mundo alrededor sigue su curso, y te hace preguntarte si de verdad eres un bicho raro (tengo claro que un poco sí).
Quiero aclarar, ya que ahora este blog tiene visitas ecuatorianas, que en el título de esta entrada, "cuando el río se para", el significado del verbo pararse se refiere a frenar, a detenerse, y no a estar de pie, o erguido, como se usa en el pais.
¿Y cómo se para un río?
Supuestamente el río fluye siempre, el agua busca y buscará constantemente el recorrido por el que correr, y escapar. Así es también en la ciudad de Guayaquil, pero en este caso el correr del agua es reversible.
El inmenso río Guayas, que baña la ciudad, posee una anchura de kilómetros en algunos puntos, caudales variables de 230 a 1500 M3/seg. según la estación húmeda o seca, ya en sí es un espectáculo en su contemplación. Pero tiene una característica especial: por su cercanía al mar, y según la fluctuación de las mareas, en distintos momentos del día fluye hacia el mar, desembocando agua dulce, o en sentido contrario, cuando la marea sube y empuja el agua salada hacia el interior.
Esto se observa con mucha facilidad por la gran cantidad de plantas flotantes y sedimentos que arrastra, y según los designios de las mareas (fases lunares y demás razones científicas) tan pronto una mañana o tarde ves el río avanzar hacia un lado o hacia el otro. Supongo que esto ocurrirá en otras muchas partes del mundo, pero ha sido aquí donde se me ha dado la ocasión de vivirlo.
Una vez explicado todo esto, y si habeis llegado hasta aquí leyendo esta brasa, os contaré que en varias ocasiones he asistido al mágico momento en que ese pedazo de río bestial, esa masa ingente de agua, comienza a pararse lentamente, disminuye poco a poco su velocidad, hasta quedarse durante unos minutos completamente quieta y mansa, para despues comenzar a moverse de nuevo en sentido contrario y, poco a poco, lentamente, ir cogiendo velocidad otra vez.
Es ése preciso intervalo, que dura no mucho más de media hora, el que me fascina.
Por supuesto nadie repara en ello ni le presta atención, mucho menos los guayacos, quiero creer que porque están acostumbrados ya. A pesar de mi edad, me alegro de conservar aun ese punto de inocencia o de capacidad de sorpresa ante un hecho que no por cotidiano deja de ser una manifestación mas de la grandiosidad de la naturaleza de este planeta, y de nuestra pequeñez como seres habitantes de él, arrogantes y destructivos, nos creemos los dueños del mundo, pero estas cosas, estos signos, nos recuerdan a los que lo queramos ver, que en realidad no somos nada, una especie mas de paso, que algún día desapareceremos.
Por mi parte, cada vez que me pille cerca y ocurra el fenómeno, me quedaré a observarlo. Siempre será un momento único y especial para mí.



